“¡Ay! ¡Qué miedo!” es una expresión que oimos o usamos con mucha frequencia en nuestra experiencia diaria. El sentimiento de ansiedad es común para los seres humanos que viven en este mundo con conciencia de lo que pasa alrededor, porque sabemos que somos vulnerables a situaciones y cambios fuera de nuestro control. Los niños no son la excepción: muchos se angustian ante los temores de la noche, de estar separados de sus padres, o de enfrentar a los cambios. El miedo que sufría como niña encontraba resolución en el regazo de mi mamá, donde aprendí que el amor echa fuera todo temor. Creo que mi experiencia de pequeña tiene similitudes con la niñez de muchos de nosotros y cuando ya somos más grandes, tenemos que aprender enfrentarnos al sentimiento de vulnerabilidad que sufrimos ante todo lo desconocido, sea la ciudad, la calle, los cambios o el futuro. Sentir perturbación ante lo ajeno a menudo contribuye a la desintegración social, en cuanto uno empieza a crear perjuicios y estereotipos que fortalecen divisiones entre clases sociales o entre los mismos integrantes de los barrios. La base de cada tendencia social se arraiga al nivel individual, entonces, el miedo se siente y se vive a un nivel personal y, como tal, encuentra resolución mediante el esfuerzo personal de superarlo con las experiencias que producen confianza, especialmente por medio de amistades que confirman la fuerza que hay en nosotros y nos animan afrontar nuevos retos y crear nuevos futuros.
Los terrores de la noche vividos por los niños pueden tener muchas causas: unos monstros yaciendo bajo de la cama, unas brujas escondidas tras la puerta, los ruidos extraños dentro del “closet”. Estas “locuras de niños” son inventos de la imaginación, pero están intimamente relacionadas con la inseguridad que uno siente ante lo desconocido. Como muchos niños, yo siempre tenía problemas a la hora de dormir en la noche: temía la oscuridad por los pensamientos que me traía. El regazo de mi mamá se convertió en un santuario donde encontraba consuelo en su fe y su confianza. Ella me demonstró que el amor echa fuera todo temor. Aún cuando era tan pequeña, reconocía la necesidad de arriagarme a algo estable, entonces, creaba ritos intencionales con mi madre para enfrentar el miedo de la noche: oración y dibujos de ángeles que me prestaban confianza y paz a la hora de batallar contra los gigantes, monstruos y las brujas de mi mente. De la misma manera, todos nosotros, seamos niños o adultos, nos aferramos a algo en particular ante la oscuridad de lo desconocido. Como mi mamá me enseñó a encontrar fuerzas dentro de mi por medio de una relación con Dios, muchos acuden al consuelo de alguien o algo que parece ser más grande para superar a los “gigantes crueles” de la vida por medio del ánimo que ofrecen.
Ya adulta, veo que muchos a mi alrededor todavía están batallando los “temores de la noche” del futuro desconocido. El miedo que nos angustia ante la obscuridad se puede reflejar en otras áreas también; a muy pocos nos gusta sentirnos vulnerables o expuestos al peligro, seamos niños o adultos y, por lo tanto, nos provocan ansiedad la ciudad, la calle, lugares extraños, el futuro y los cambios inesperados. Con lo desconocido se presenta el riesgo. Por ende, evitamos oportunidades de aprender por medio de nuevas experiencias fuera de lo que consideramos “seguro.” Esto se refleja por dónde decidimos caminar o pasar nuestro tiempo, cuál carrera escogimos y en qué procuramos trabajar.
Esta tendencia puede provocar divisiones sociales que contribuyen a la desintegración de la sociedad. Por ejemplo, es común que los integrantes de barrios populares de bajos ingresos tienen perjuicios contra otros barrios del mismo nivel. Estos perjuicios muchas veces nacen del miedo provocado por la falta del conocimiento y experiencia intencional. De igual manera, familias provenientes de la clase media pocas veces buscan relacionarse con familias de lugares marginales por falta de interes o de confianza. Aún los universitarios, quienes supuestamente traerán cambios sociales y economicos a nuestra sociedad, pocas veces procuran desarrollar trabajos o iniciar proyectos fuera de los ámbitos cómodos o conocidos. Por eso vemos que las divisiones sociales siguen brotando en nuestros corazones, y por ende, en nuestra sociedad humana. Tenemos miedo ante lo desconocido, un miedo que ahora se refleja en la manera que hablamos de los barrios “bajos” o de sus integrantes, especialmente si estos son extranjeros. Gracias a esta preciosa ansiedad innecesaria, pocos aprenden a conquistar la vulnerabilidad vinculada con el temor ante el ajeno y todos siguimos iguales, encerrados como presos dentro una burbuja de ocupaciones personales que tienen poco sentido para la comunidad más allá de nuestro patio.
Cuando era niña, pasmada en mi cama por los monstruos escondidos debajo de mi cama, utilizaba las herramientas que aprendí de los que me amaban para enfrentarme a la vulnerabilidad. Esto me enseñó dos cosas intimamente vinculadas: el miedo se supera por medio de la experiencia de vencerlo y por la relación con otras personas. Esta relación transmite un amor que nos otorga confianza y nos ayuda lanzarnos a situaciónes “peligrosas” con la fuerza necesaria para hacerle frente a los gigantes que bloquean nuestro camino. Yo conquisté a mis miedos de esta manera: Aprendí a enfrentar a los temores de la noche con oraciónes de autoridad contra el mal, sabiendo que yo era amada y que nada podía tocarme. Aprendí a enfrentar a los temores de la calle caminando en ella. Aprendí a enfrentar a los temores de la ciudad con visitas intencionales a barrios desconocidos. En fin, la oscuridad que tanto me angustiaba se convertía en oportunidades de crecer. Sólo con la experiencia de confrontar al miedo con las fuerzas interiores podemos vencer a la oscuridad de nuestro camino.
Lo que quiero comunicar es sencillo: lo desconocido se vence con el hecho de conocer y la ansiedad se vence con la confianza que nace en medio de experiencias agradables que se viven con otros. La desintegración de nuestra sociedad provocada por el miedo ante lo desconocido solamente se vencerá con una visión de una comunidad integrada, donde el intercambio con personas ajenas nos hará sensibles y dispuestos a construir nuevos futuros de esperanza juntos. Los enlaces de amistad que construimos por medio de las experiencias nuevas brindan confianza al camino, confirman las fuerzas que hay en nosotros y nos hacen sentir más dispuestos a superar nuevos retos. No nos quedemos antónitos ante la opción de salir de nuestra burbuja de lo familiar o lo “nuestro.” Con el paso del tiempo, aprenderemos a disfrutar de los cambios de la vida en vez de temerlos y crear nuevas oportunidades por medio de ellos.
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